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Frontis del consulado de Viedma provincia de Rio Negro |
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Por fin el gélido viento patagónico hizo flamear nuestra bandera tricolor… Era 6 de agosto y esos espesos lagrimones que brotaban de varios ojos bolivianos denunciaban que la espera había sido larga, demasiado larga, injustificadamente larga.
Espera, desesperada y desesperanzada, que casi casi había arrastrado a muchos de nuestros hermanos y hermanas hasta ese territorio donde el ser boliviano se pone a coquetear con la rabiosa sensación del abandono; algo así como estar habitando la nada; con la fe extraviada.
Ese impertinente viento que nos hizo temblar a todos, se hizo cargo después de secar muchas de esas lágrimas: unas de denuncia, otras de reclamo y las restantes de emoción.
Vaya uno a saber si fue ese mismo viento impertinente el que, cuando comenzamos con nuestro entrañable «bolivianos el hado propicio…», hizo que otra vez todo se viera borroso. Y cuando se escuchó por tercera el «morir antes que esclavos vivir» sentimos como que nuestros corazones se hacían chuño.
Ese llanto llorado y esas varias lágrimas tragadas, dieron paso a voces tan tímidas como lacerantes que, minutos después de finalizado el acto de apertura, nos interpelaban diciendo: «¿Por qué tardaron tanto? ¡Mucho los hemos esperado! Pensamos que nunca se acordarían de nosotros…».
Por esos mismos pasillos de la Manzana Histórica que nos cobijaban esa emotiva e inolvidable mañana de Viedma, supo caminar hace más de un siglo una persona por entonces anónima, apenas un indio mapuche con grandes dotes de santo: Ceferino Namuncurá.
Esos mismos pasillos del gran Ceferino fueron recorridos este pasado 6 de agosto por muchos hermanos como él, anónimos, indios y santos. Y serán visitados por otros miles de bolivianos y bolivianas similares que ya tienen en este lugar su pedacito de llajta; parte de nuestra Pachamama en la plena Patagonia de Argentina.
Caprichos de la historia, diríamos. El indio Ceferino que desde su espacio disfrutará al ver cómo sus hermanos que llegaron desde Bolivia serán acogidos en los ambientes de la que supo ser su escuelita. Y el indio Evo, que desde su lugar se emocionará al enterarse de que su decisión de abrir este espacio permitió hacer justicia con miles de olvidados bolivianos y bolivianas que creían haberlo perdido todo, hasta su ser boliviano y su fe.
La fría crónica periodística diría: «El pasado 6 de agosto en la ciudad de Viedma, capital de la provincia de Río Negro, quedó inaugurado el consulado de Bolivia. El flamante Cónsul es el Dr. Juan Carlos Espinoza, abogado y quechua parlante, quien deberá atender a los cerca de 150 mil ciudadanos bolivianos que viven y trabajan en la Patagonia argentina. La oficina está situada en la Manzana Histórica de Viedma, calle Colón No. 450, planta baja, oficina 2 y atenderá de lunes a viernes, de 7,30 a 14 y de 16 a 19 horas». Punto.
Sin embargo, nuestro corazón, que es más sabio y se resiste a la razón, no puede olvidarse de ese clamoroso «¿por qué tardaron tanto? ¡Mucho los hemos esperado! Pensamos que nunca se acordarían de nosotros…».
Este corazoncito atesora esas profundas palabras dichas, pero también guarda para si las lágrimas que muchos derramamos esa mañana de agosto. Un poco por culpa del gélido viento patagónico que por primera vez besó nuestra entrañable tricolor; y otro poco por esa emoción de ver recuperada la fe de tantos compatriotas que casi casi la habían extraviado.
Juan Ángel García Salvador (Enviado especial)