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Las palabras entre mariachis y caluyos |
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Era la mañana del sábado y, como ahora trabajo como cronista de Renacer, gracias a los contactos de mi tío Wilmer, tengo los horarios cambiados. Estaba en mi cama roncando entre sueños el chaqui fulero de la farra del último día de la semana. ¡Y que fiestaza la del viernes, compañero! No faltaban rubias, una musiquita bien a la moda y lindas cholitas a calzón quitado que se ganaron mi atención. No se cómo, pero dos paceñitas de largas trenzas dormían a mi lado, las había enamorado con algunos de los trucos del
Evito Morales. Usted sabe, paisano, el Evito es un andinean lover y pocas mujeres han podido resistir sus encantos. Si dicen que hasta la Bachelet, la ex presidenta chilena, quedó camote del Evo en uno de esos encuentros binacionales, y que casi le ofrece la salida al mar como prueba de amor. Bueno, pero no me quiero ir por las ramas como monito de la selva y vuelvo a mis ronquidos profundos en la mañana del sábado. Le juro paisano, se lo juro por la mamita de Copacabana que dormía como una wawa entre dos mamitas, hasta que mi teléfono móvil sonó y los gritos del Director del Renacer me despertaron como balde de agua helada. Ese hombre es más maldito que el diablo de los socavones de Oruro, paisano. La cosa que el hombre andaba como desesperado buscando un cronista deportivo. Casi entre ruegos y lágrimas, me gritó que antes del mediodía, la selección gaucha comenzaba a disputar su partido debut en el Mundial de fútbol.
¿Y cuál es el problema, hermanito? –le dije. O acaso no sabes que para tu cronista estrella, al igual que para algunos amigos judíos del Once, el sábado es sagrado.
– Que sagrado y ocho cuartos. Te me vas volando para “Flor de la resaca” que hay una pantalla gigante y me mandas una crónica hoy mismo. Que todavía me debes más de 200 pesos por el adelanto del sueldo que te hicimos el mes pasado para tus fiestitas de galán de cuarta.
Y el tum, tum seco del tono de la llamada cortada me obligó una vez más a dejar a mis dos damiselas en mi humilde cuartito, y partir para cumplir con mi misión social de periodista deportivo. Como decía mi abuelito: “El deber es un dios que no consiente ateos”.
No le voy a mentir, paisano. La última vez que vi un partido de fútbol fue aquel glorioso debut de nuestra verde boliviana, en el mítico Mundial de Estados Unidos, del año ´94. ¿Sé acuerda? Sandy, el Platini Sánchez y Milton “Maravilla” Melgar haciendo vibrar a todo un país. Bueno, la cosa en el campeonato organizado por los gringos no salió como esperábamos y creo que nos volvimos con las manos vacías de aquella única participación mundialista de la tricolor. En “Flor de la resaca” todavía guardan como reliquia un póster con aquellos 11 gladiadores. La foto está colgada junto a la tele china que ahora transmite el partido de los gauchitos. Es casi mediodía y unos veinte paisanos siguen atentos los movimientos del equipo comandado por el Diego.
Ya a los seis minutos un gringuito la mete adentro. Gol, festejo y el encargado de “Flor de la resa…” que me regala un plato de sopa de maní capaz de hacer resucitar a un difunto. Todavía quedan como 70 minutos de partido y yo sin un quivo para amainar la espera con un singani o una chelita. Una sequía terrible, paisano, digna del salar de Uyuni. Pero no hay mal que dure 100 años y mientras saboreo un suculento pique a lo macho, también gentileza del dueño del Karaoke, un paisano orureño se acerca a mi mesa con una cervecita al tiempo. Entre trago y trago, el orureño me confiesa que cada vez que llega el mundial le viene cierta nostalgia.
– Recuerdo los partidos de cuando era wawa – me dice. Uno que soñaba con ser profesional, con jugar un mundial. Y también se me viene a la cabeza el habilidoso Chocolatín Castillo, Tanqueta Botero y el Diablo Etcheverry. ¿Y a usted le pasa algo cuando llega el mundial?
-Le voy a ser franco, paisano –le dije unos segundo antes de que el arbitro del partido decretara el triunfo de los argentinos en la tele. No soy de los que viven de recuerdos. Ni Ronaldo, ni Pelé, ni Diablo Etcheverry. Lo que más extraño a esta hora son las trenzas de las dos cholitas paceñas a las que dejé durmiendo.
Nicolás García Recoaro