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El arco con aguayo y los bailarines que danzan por las calles del barrio quilmeño |
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La comunidad vivió las fiestas patronales al ritmo y el colorido de los caporales, tinkus y calcheños. Como todos los años la música tradicional, los bailes típicos y centenares de personas inundaron las calles de la localidad.
Recuerdos, sensaciones, imágenes y reencuentros son los protagonistas de una fiesta típica que muchas veces, sobre todo en los nostálgicos, provoca emociones hasta el borde de las lágrimas. Y es que el contacto con lo propio y los paisanos abruma el corazón para luego revivirlo y disfrutar.
La cita del sábado 8 comenzó a las 10 que se ofició la misa a la Virgen de Copacabana, patrona de los ezpelentenses desde 1985, cuando Doña Benita trajo la imagen desde Bolivia. Finalizada la ceremonia religiosa se emprendió la procesión por las calles del barrio. Los pasantes Edwin Torres y Cristina Condori fueron acompañados por una multitud que los seguía y que disfrutó el show de los enérgicos bailarines y junto a ellos expresó su alegría al compás de la banda.
Durante el recorrido, sobre todo en la Av. Vergara, los autos y los transeúntes observaron la escena maravillados por el color, el ritmo y la fe derrochada. Los vecinos ya forman parte de la festividad pero nunca faltan ojos curiosos y la sorpresa de quién lo vive por primera vez. Las distintas agrupaciones de baile desplegaron todo su talento y el esfuerzo de todo un año. Cada uno trató de demostrar que es el mejor.
Pasado el mediodía, ya en las puertas de la iglesia, las distintas agrupaciones se prepararon para expresar lo que mejor saben hacer ante la Virgen y los presentes. La gente se tomó el tiempo para degustar un plato de chicharrón o calmar la sed con un poco de chicha. Quizás el calor hizo que alguno que otro tomara más de la cuenta. Los primeros sonidos de los calcheños hicieron que los observadores se ubicaran en el mejor lugar para disfrutar el espectáculo de la organización “Residentes de norchichas”, por primera vez en Ezpeleta. Mujeres con polleras negras bordados con colores vivos y banderines blancos se zarandearon en una ronda al ritmo de los instrumentos.
Más tarde fue el turno de los caporales de Quilmes, quienes, con trajes en verde, negro y un gran escorpión en el frente, mostraron la fuerza y el poder de un ritmo bien nuestro. Detrás de ellos, se presentó “Ritmo Joven”, agrupación de caporales de Monte Grande. Los pasantes saludaron a cada uno de los bailarines con un poco de mistura. Mientras tanto, un locutor relataba lo sucedido en la calle 129 en directo por Radio Bolivia. La banda “Unión central” era la protagonista para aquellos que no pudieron asistir y lo vivieron a través de la 88.1. La fiesta fue para todos, hasta el cura se movía en consonancia a la música entre la multitud dando la bendición. Luego llegaron los tinkus “Musuj Inti” y “Sumaj inti, el pial” de Monte grande, quienes invitaron a los pasantes a vivir la fiesta desde la pista de baile. Minutos después, hicieron su entrada los distintos cargamentos.
La festividad de la Virgen de Copacabana se inició cuando Doña Benita, la dueña de la imagen, y su esposo pasaron la fiesta. Al siguiente año, los pasantes fueron Aurelio Mallón y esposa. Recién en 1987 se realizó la fiesta con banda, cuando Doña Alejandrina Dávila y familia demostraron su devoción. Ese año la festividad contó con la presencia del obispo de aquel entonces.
También se lo recuerda al padre Claudino Balen que inauguraba las fiestas quien formó un equipo pastoral por esos años e incentivaba la realización de las celebraciones en la zona.
Este tipo de festividades son organizadas en colaboración entre los paisanos, donde todos ayudan en nombre de la fe y de las tradiciones. Son una razón para el reencuentro de familias y paisanos en la vasta geografía bonaerense para compartir costumbres encontrarse y mantener viva la cultura.
Marisabel Señoranis