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Un cargamento repleto de símbolos en la Festividad del barrio San Alberto |
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Algunas veces la memoria nos traiciona, no juntamos ni relacionamos los datos que tenemos y finalmente no vemos lo que no queremos ver. Nos dejamos llevar por nuestras emociones y dejamos de ver razones, de conectar acontecimientos, y creemos en personas que se convierten en símbolos, y se nos nubla la vista.
Algunas veces es difícil desligar las personas de las ideas, y eso se ve en las discusiones que cuando se convierten en personales, ya perdieron posibilidad de ser productivas y son altamente destructivas.
Por ejemplo la figura de Evo Morales despierta pasiones encontradas en los que lo quieren y los que lo odian, mas allá de las medidas o decisiones que tome en su gestión de gobierno. Hay un vínculo emocional del que es difícil separarse, una suerte de identificación con “el Evo” que se fue alimentando en estos últimos años a fuerza de decisiones, discursos e imágenes no sólo en el ámbito local, sino en el internacional.
Evo nació en el ayllu aymara de Sullcavi del cantón Orinoca en el departamento de Oruro, en pleno altiplano. Evo fue migrante.
Como tantos millones forzado por la pobreza sus padres los llevaron al subtropical Chapare (Cochabamba) y allí creció y desarrolló su carrera sindical, junto a los cocales y pateando pelotas.
Los ampliados de las Federaciones cocaleras, para los que alguna vez tuvieron la oportunidad de verlos, se desarrollan en quechua, que es la lengua franca en esa región tropical.
Los quechuas son los más numerosos en Bolivia, y más allá de identificaciones étnicas secundarias en este contexto histórico, el común de los habitantes de Bolivia siente que Evo es uno de ellos, de la mayoría indígena que tomó el poder simbólico.
Otro tanto pasa con los millones que migraron a otros países, con matices pero mayoritariamente respaldan al proyecto político y las banderas que levanta el actual presidente de Bolivia.
Por suerte hay un nivel de coincidencia en algún punto, ya que parece existir cierta inclinación al enfrentamiento fratricida por una cuestión de liderazgo tanto en la colectividad como en las organizaciones de pueblos originarios.
Quedaron complejos, quedaron heridas, y cierta autoestima deteriorada que parece incorporada en nuestros genes por siglos de opresión.
Y ni hablar de las organizaciones de los pueblos indígenas del continente Abya Yala que lo consideran su presidente, y así se lo hicieron saber cuando se realizó la asunción en Tiwanaku y en cuanto acto o viaje que realiza el mandatario aymara.
Las simpatías contrastan con los odios y el racismo que brotó de algunos sectores que vieron peligrar sus privilegios históricos y hacen lo imposible para que el mandatario fracase en su gestión.
Ellos no ahorran sangre y se vió patente cuando financiaron la masacre en Pando, mostrándole al mundo entero a lo que pueden llegar si afectan sus intereses. Hoy vemos como a través de sus medios de comunicación se victimizan con las detenciones que sufren, cuando se van consiguiendo pruebas de sus procederes.
Pero ellos también manejan la justicia, la economía y las armas, y el gobierno de Evo no alienta el uso de las armas, y el enfrentamiento directo entre sectores en pugna. Mas bien disciplina a esa fuerza acorde a la conveniencia política del momento, como cuando diferentes movimientos decidieron bloquear el departamento cruceño y prontamente fueron convencidos por el gobierno para que desistieran de la medida.
Estaba el diálogo y la negociación de por medio.
La negociación y el diálogo llegaron después de la matanza, cuando medio millón de personas estaban llegando al corazón del estado boliviano, después de un referéndum que le daba pleno respaldo político al gobierno.
Algunos dicen que se concedió mucho para el acuerdo, otros que se perdió una oportunidad histórica y muchos festejaron sin conocer los cambios que se le hicieron al texto original aprobado en Oruro.
Flaco favor se hace si se pierde la capacidad de crítica al que se apoya, es como ver como un amigo se equivoca o va a una trampa y no se le avisa. Eso es no es cuidar.
Si la emoción se impone se pierde la visión, y es importante aclarar que los cambios a los que se apuntan en Bolivia llevarán generaciones y que las pulseadas son decisivas y hay que ganar todas.
Como en un partido de fútbol, cuando uno desperdicia oportunidades de gol, seguro que nos embocan un gol a nosotros.
Como señalamos en nuestra tapa, aca tenemos una pequeña batalla que hay que ganar, el voto hará parte de nuestra colaboración con los destinos de un país del que irradiarán cambios al resto del continente, y no es poca cosa.