Crónica de una fiesta anunciada

Las jóvenes tobas de Villa Celina en acción
Las jóvenes tobas de Villa Celina en acción
 

Día de la primavera y de los estudiantes. Las plazas desbordan en Buenos Aires y, aunque el tráfico es fluido, hay largas colas para tomar colectivos y trenes. También el domingo 21 de septiembre la comunidad boliviana en Argentina festeja, y la excusa es la Virgen de Copacabana.
Temprano por la mañana se ofrece una misa en la Parroquia Sagrado Corazón de Villa Celina. Dos horas más tarde, sale la procesión desde la Iglesia hacia el predio central. Devotos y fieles acompañan a la Virgen. De a poco, las calles del barrio se convierten toman otro color, los colores de un aguayo.
Pasadito el mediodía, el sol corre las nubes que amenazan lluvia y  los grupos de caporales, tinkus tobas y morenadas empiezan a hacer vibrar sus trajes. El escenario es inmenso, quince cuadras de largo tiene la procesión hasta llegar al predio central donde también se sigue bailando. Es imponente el aguante de quienes siguen bailando, cuadra tras cuadra, sonriendo y disfrutando lo que en sus familias les han enseñado.
Una cuadra más atrás se ve la «cocina» de la fiesta. Ahí los grupos se juntan y preparan su salida. Algunos tienen su propia banda musical, otros la comparten. Este año la mayoría de las agrupaciones eligió moverse al compás de música grabada y emitida desde gigantes parlantes cargados en camionetas que, a paso de hombre, van delante de ellos. Cuestión de costos, aseguran.
Quejas y algunos contratiempos se sienten detrás de escena. Las bandas no llegan a tiempo. Los organizadores corren por toda la cuadra rearmando la salida de los grupos para que la procesión mantenga el ritmo. No hay tiempo. Los Caporales Renacer de Adrogué llegan corriendo, se alistan y salen nomás. Caporales Juventud Imperial espera un rato más mientras va alistando sus casi ochenta bailarines.

 
Los Sikuris de Colque Mayu por las calles de Villa Celina

Los caporales son la mayoría en esta fiesta. Sus agrupaciones y fraternidades están conformadas por jóvenes hijos de bolivianos, bolivianos y algún que otro hijo de europeo que se suma, siente y vive la cultura y conflictos de Bolivia. Todos trabajan, estudian o las dos cosas y por eso el esfuerzo es mucho mayor a la hora de ensayar. Se juntan cada uno en su barrio y practican largas horas, debaten sobre las coreografías y temas musicales. Los trajes, tema aparte. Quienes pueden, los encargan a las costureras en Bolivia porque «tienen mano y los hacen bien resistentes», además «allá las telas tienen colores que acá en Argentina no hay»; verdes selváticos claros y oscuros, tonos
marrones del altiplano, celestes con el brillo del Titicaca, lilas, violetas, amarillos intensos. Cada agrupación tiene diseños únicos y colores entrecruzados. «También es un riesgo», dice Luís Coca de Caporales Los Auténticos de Quilmes, «porque muchas veces se piden los trajes con una idea y te vienen de otra forma y los tenés que usar igual. Y mirás a los demás y no te convencés de lo que tenés puesto».
Los tinkus son menos pero dejan huella al pasar. Madres, padres e hijos usan las mismas ushutas y gorritos bañados en múltiples colores. Los niños se ubican delante de sus conjuntos, mueven las caderitas, levantan las manitos y se compran al público que no los deja de mirar.
Y entre tanto caporal y tinku, un grupo de jóvenes de trajes blancos avanza por la senda central formando figuras a su propio ritmo y danzar. Los Sikuris Colquemayu hacen mover las cabezas y los pies. Son un grupo de jóvenes y adultos de diversos orígenes y culturas que se han unido para traer el cantar del viento desde los altos cerros del altiplano hacia la gran ciudad.
Mientras tanto, los aromas de la feria inundan las calles de Villa Celina. Salteñitas, chicharrón, picante de pollo, ensalada de frutas, manzanas acarameladas, chicha y cerveza. También hay para llevar maíz morado y blanco, ajíes y legumbres a precios incomparables. Un puesto pegadito a otro y, entre tanto, algunos hermanos peruanos y otros curiosos-integrados festejando, comprando, preguntando: «¿Señora, cómo puedo hacer la chuña?».

Los tinkus y su coreografía haciendose campo en el recorrido
 

Entre la multitud que se va desarmando, un joven con el rostro medio cubierto por su pelo largo, arito debajo del labio, ropa negra y holgada, comenta que es la primera vez que se acerca a una de estas fiestas. Si bien sus padres son bolivianos, jamás lo habían llevado a ninguna. Esta vez se animó, se acercó y se fascinó. Piensa volver el año próximo para sentir esto que también es parte de su identidad.
Los incidentes que golpearon Bolivia no se ven en los rostros de quienes por aquí andan. Sólo un grupo de tinkus  mostró un cartel con un mensaje claro en respaldo a Evo Morales.
Mientras el sol iba bajando, lo mejor de la fiesta se estaba dando y el eco de la música se escuchaba por varias cuadras mientras enfilaba para la Avda. Gral. Paz.

Silvana Iovanna

 

 
periódico Renacer

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