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Detienen en Perú a un indigena de la provincia Madre de Dios en el norte peruano |
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La característica más relevante del Paro Nacional de ayer ha sido su madurez. Un paro es una medida extrema de protesta ante la cual diversos sectores sociales tensan fuerzas y expresan su descontento. Es una manera legítima por la cual quienes no están siendo escuchados hacen oír su voz, y a la vez formulan una exigencia al gobierno para un cambio de rumbo.
Para el gobierno de turno –y el segundo alanismo no ha sido la excepción– es también una ocasión de cerrar filas, negar la amplitud de la protesta, satanizarla a gusto con sus aliados de la derecha tradicional y la mediática y, generalmente, ratificar su política económica. En vista de la impermeabilidad del aprismo en todo lo referente a escuchar críticas, no cabe duda de que será así.
Hay que decir además que, como ha sido evidente al menos desde el 2004, el paro no se ha sentido únicamente en la capital. Su magnitud ha sido similar o incluso mayor en buena parte de las regiones, las que sumaron a la agenda nacional sus propias agendas locales, tal como ocurrió en la Amazonía, Huánuco, Huancavelica, Apurímac, Puno, Cusco, Cerro de Pasco, Ayacucho, etc., todo lo cual debiera inducir a reflexión al gobierno. Los porcentajes pueden discutirse, pero no la realidad del respaldo obtenido.
El Paro Nacional maduro y responsable (con escasas excepciones) que el país ha vivido responde a la evolución de las fuerzas sociales, y a que el sindicalismo y los grupos políticos regionales y locales que se plegaron a la protesta han abandonado esa vieja retórica que medía el éxito de un paro por el número de muertos, heridos o detenidos que deja o por su nivel de destrucción.
Que existían y existen poderosas razones para la protesta es algo que solo el oficialismo se ha atrevido a negar. Ellas han que-dado plasmadas, de muy diversa manera, en las plataformas de lucha que elaboraron los sectores que apoyaron la medida. No es necesario, por cierto, coincidir completamente con ellas. Aunque cabe destacar que el cambio del modelo económico o el rechazo a la corrupción figuran en casi todas.
Como de costumbre, surge la interrogante inevitable. ¿Y después del paro qué? La respuesta no es tranquilizadora, puesto que el gobierno manifiesta no estar dispuesto a cambiar el modelo económico neoliberal vigente o abrir el diálogo que se le demanda. Pero al menos ahora no podrá cerrar los ojos y continuar diciendo que nada pasa. El país le ha dicho claramente que las cosas no pueden seguir como están y que no acepta oportunistas cambios de camiseta para hacer desde el poder lo contrario que se ofreció durante la campaña electoral.
Casa América