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El racismo es un problema social que trasciende las fronteras de los estados en Abya Yala |
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Mientras la subtropical Buenos Aires pasa del otoño al verano y al invierno en un solo día, suceden muchas cosas que nos atañen y que no podemos ignorar.
La escandalosa sentencia del juez Oyarbide sobre los casos de explotación marcan un precedente peligroso, dejarlo pasar sería un error imperdonable.
Además de ignorancia, hay una trampa que afectará los intereses de muchos los que se reconocen descendientes de pueblos originarios, mas allá de las nacionalidades estatales que hoy nos diferencian.
Es una sentencia más acorde a las épocas de Sarmiento y Roca, cuando los pueblos indígenas no pasaban de salvajes y era necesario eliminarlos. La sentencia es una forma de eliminar la humanidad que tuvimos y que tenemos.
En el proceso de recuperación que experimentamos, es sin duda un golpe bajo.
Desde hace años se viene pateando para otro lado un problema que tenemos y es el de la explotación de seres humanos sobre otros. Esto no es nuevo en el mundo, pero el capitalismo exacerbó a niveles pocas veces visto esta modalidad y la impuso en el mundo.
Ya se vió en la explotación minera en los primeros siglos de la colonización donde murieron ocho millones de indígenas en el cerro de Potosí para extraer la plata que hoy están depositados en los bancos de los países «desarrollados».
Hoy también la explotación sigue generando riquezas, y «la parte del león» se la siguen llevando grandes empresarios de marcas que consumimos en los «legales» comercios de indumentarias.
Esta situación se emparenta con un juicio en vivo en el programa «La Liga» que vieron millones de personas, fue sobre «trabajo esclavo» y que intentó contarle a la sociedad del problema, pero puso foco en la punta del ovillo y no en la matriz del problema.
El mensaje subliminal del informe es que los malos y las víctimas son coreanos y bolivianos que no cumplen las leyes argentinas y que vinieron para someter a esclavitud, un mal que «nuestra civilizada sociedad» erradicó en 1813.
Después en pleno escrache, un manifestante le dice a la señora que mentía que «acá eso en la Argentina no se hace».
Por ahí el manifestante vivió en otro país los últimos 10 años ya que en ese tiempo el trabajo en negro creció abrumadoramente y más post 2001. La dolorosa realidad es que gran parte de los trabajadores que vivimos en Argentina cobramos los sueldos o parte de ellos en negro, y eso es ilegal, entonces.
Pero bueno en pantalla se leía, que hay dos millones de bolivianos y que las ¾ partes trabajan en negro. No hay informe que sostenga esa hipótesis, y con ello se da información inexacta con una intención sesgada.
En la última parte del informe se mostró a una tallerista que empleó a un costurero, se puso la carga en ese eslabón y no, por ejemplo, en darle a conocer a la gente que marcas son las que se nutren de este tipo de modelo productivo.
Siendo sus empresarios públicos, y sus marcas conocidas, pero no nos brindaron ninguna imagen de ellos.
Se reprodujeron los clichés acostumbrados en las coberturas típicas de los grandes medios de comunicación que no profundizan, llegan a un punto donde sus intereses de mercado, le marcan los límites.
La explotación está emparentada con el racismo, y si bien ya vimos ejemplos por estos lares, si hay un estado donde el racismo es recalcitrante ese país es Bolivia.
Allí se está potenciando con especial virulencia en Santa Cruz de la Sierra, donde la violencia en los medios de comunicación se focaliza en la figura de Evo Morales, al que no le perdonan que sea indio, y que esté al frente del Estado.
Por ello, todas las movidas de los cívicos que controlan la sociedad cruceña alientan el enfrentamiento y por sobre todo apunta a que fracase el gobierno.
Interesante reflexionar en estas fechas donde se van a celebrar aniversarios patrios, que el racismo es parte constitutiva de los Estados Nación llamados latinoamericanos, simplemente porque no incluyeron desde un vamos a los indígenas, y porque a pesar de que pasaron los siglos siguen siendo «salvajes con prácticas indignas».