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En el cementerio General visitan a las ñatitas |
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A diferencia de la visión occidental, en nuestras culturas la muerte es un modo distinto de vida y que se manifiesta a través de la fiesta de Todos Santos y la celebración del Día de las Ñatitas.
Si para la cultura occidental la muerte significa dolor, miedo e incomprensión de lo que ocurre más allá de la vida, la cultura aymará la tiene bien clara: sólo es un cambio en el aspecto físico del ser humano. Prueba de ello es la Fiesta de Todos Santos que se celebra al mediodía del primer día de noviembre. En esta fecha las almas de los difuntos retornan por 24 horas al mundo terrenal pero no para asustarnos y pedirnos ataviados de disfraces el “truco o treta” al estilo del Halloween, esa festividad druida hoy vista con muy buenos ojos por la industria y que de a poco ingresa a nuestro medio.
Los espíritus llegan para reunirse con sus familias en vida, para compartir comida, rezos, bebida y cantos. Por eso los cementerios bolivianos se llenan con los miles de visitantes en todas las regiones, sean de las ciudades o del campo, desde los más ricos hasta los más pobres. Es que pocos se rehúsan a celebrar esta festividad, tan arraigada en nuestra cultura.
Ya sea instalando una mesa encima de un paño negro con velas, la fotografía del finado familiar, sus comidas y bebidas favoritas, nunca faltarán las tantawawas, esos panes con figuras de personas adultas o niños, dependiendo el caso, o con formas de caballos. «Es para que alma pueda retornar al cielo y la caña de azúcar es para que la lleve como si fuera bastón. También hay que poner chicha morada y un platito de ají de arvejas», explica Hilario Mendoza, un vecino de la zona norte que ha instalado su mesa para recibir a sus abuelos, sus padres y un hermano que falleció el año pasado.
Al día siguiente irá al cementerio para arreglar los nichos de sus familiares, al igual que miles de creyentes. Por eso los cementerios parecen enjambres al punto de que es casi imposible caminar apresuradamente por la presencia de los reziris, adultos y niños que llegan de las zonas más pobres cuya misión es rezar en aymara y castellano para quien solicite sus servicios y a cambio reciben algunas frutas o panes de la mesa, que también se las instalan en las calles, cementerios o en las casas. Para estos rezadores esta fecha significa algo más que fe porque suelen llegar a sus comunidades con alimentos para al menos un mes.
Otras familias ya más «sofisticadas» contratan a jovencitos que interpretan música andina con tark’as (flautas de madera), quenas y tamborcillos. Otros improvisan con los músicos de las bandas escolares de guerra que aprovechan la festividad para ganarse algunos centavos. «Mi papá era hincha del Bolívar, por eso en cada Todos Santos pago a la banda para que toque los mejores temas del club», explica Jaime Alarcón, quien enterró hace tres años a su padre en el cementerio de la periférica, un campo santo hasta hace poco clandestino (existen al menos 20 en La Paz y El Alto) pero debido a la presencia de miles de tumbas ya fue reconocido por el municipio y ahora tiene murallas y un portón. Y si el bolsillo no es impedimento, las almas pueden deleitarse con las notas de «Sandunga» o «Cielito lindo» que emiten las trompetas, guitarras, guitarrones y las potentes voces de un conjunto de mariachis uniformados con todo y sombrero e charro y bigote ralo.
Aunque todos los años se prohíbe el ingreso y consumo de bebidas alcohólicas es imposible celebrar esta fiesta sin ellas, hay cerveza, chicha (fermento de maíz), singani, ron y hasta alcohol (como en la tumba de algún notable escritor paceño). Por eso, cuando ya está a punto de cerrar los cementerios el ambiente se torna muy festivo, con cantos, bailes, abrazos y algunos llantos de quienes aún están vivos recordando a los muertos que están a punto de irse para volver dentro de un año.
Las ñatitas
Dicen que las ñatitas juegan con los mortales haciendo desaparecer la sombra de éstos al mediodía del 8 de noviembre, justo en su día, cuando salen de las casas donde las cobijan y toman parte de la ciudad.
Las ñatitas son las calaveras que las personas creyentes guardan en sus domicilios porque creen que ellas les brindarán protección, prósperos negocios, buena salud y todo lo mejor, si es que son tratadas como deben serlo. «A la Martita le damos todos los martes y viernes su cigarrito para que fume, la challamos con coca y alcoholcito y siempre nos va bien, pero cuando alguna vez la olvidamos nos ocurre alguna desgracia», cuenta Susana Rojas, quien lleva a su ñatita al Cementerio General para que «escuche» misa, luego hacerla bendecir con el cura, rezarla y finalmente darle un preste o fiesta.
Se desconoce el origen de esta tradición, muy macabra para los ojos extranjeros pero de igual forma atrayente. «En el ritual de las Ñatitas es importante poseer el cráneo de una persona que ha muerto violenta-mente, sea por asesinato, accidente u otras circunstancias. Se dice que el alma se aferra con más fuerza a la entidad física que es el cráneo y por esta razón permite satisfacer los pedidos de sus devotos», explica el sociólogo David Mendoza, quien también aclara que los tiwanacotas solían conservar el cráneo de sus rivales muertos en batalla.
Este ritual –hasta hace 10 años clandestino– hoy sale a las calles con la procesión de las ñatitas. «Es la ñatita de mi hermana. Ha fallecido el 2001 y yo la conservo para tratarla bien, para que no se sienta solita y siga en la familia. La guardamos en una caja en nuestra pequeña biblioteca», explica Germán Villegas, un comerciante de electrodomésticos. Es que el origen de las calaveras es de lo más variado: las venden clandestinamente en las facultades de medicina, se las obtiene de cementerios ilegales o se recibe de algún familiar o amistad cercana. «A mi me iba muy mal en mi vida y una amiga me ha regalado su ñatita y desde entonces todo me ha ido mejor», cuenta Sebastiana Condori, una mujer de pollera.
Visto con malos ojos por la Iglesia Católica, este año pidió dejar de lado esta tradicióna. A los párrocos de la capilla, situada dentro del Cementerio , no les queda otra que dar lectura a algunos pasajes bíblicos y luego bendecir, de mala gana, a miles de ñatitas que se dan cita durante la jornada del mediodía. En las afueras, junto a los pabellones que acogen las tumbas, comienza un rito similar al de Todos Santos: los reziris y personas creyentes se acercan a las ñatitas (adornadas exageradamente con flores) que son puestas en el suelo o sobre algún improvisado altar y rezan para pedir los más diversos favores y cambio reciben algún alimento o dinero, pero eso es lo de menos.
Incluso hay rumores que apuntan a que en el mundo del hampa las ñatitas son utilizadas para que los delincuentes o asesinos tengan éxito en su empresa y nunca sean atrapados por la Policía, que a la vez tiene también su propia ñatita. Se llama Juanito –con casi medio siglo bajo la tutela de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen de El Alto– y desde algunos años ya tiene compañera: Juanita. Ambos tienen la misión de resolver los casos más difíciles. «Antes, por los 80, se hacía jurar al sospechoso delante del Juanito si era inocente. Si mentía, le caía la maldición de la ñatita, o sea, no poder dormir jamás», cuenta teniente Gustavo Chávez. Sin duda es una tradición que año tras año crece y que gana devotos según los milagros que se hacen realidad. Y usted ¿cuándo se hará de una ñatita?
Texto y Foto:
Desde La Paz: Richard Sánchez