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La época donde se define las potencialidades de los humanos, es en la niñez |
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«Abrir las puertas para ir a jugar». Cuantas veces repetimos esta frase al cantar eufóricamente el «arroz con leche», en rondas incansablemente repetidas sin ponernos a pensar de la significativa importancia de esas palabras.
Para que un niño juegue debe haber alguien quién abra las puertas, quién facilite la apertura de espacios para el juego. Ese acceso tendrá que ver desde las actitudes, formas y lugares que se les otorga a los chicos en el hogar, hasta la seriedad con el que el Estado cumpla sus responsabilidades mediante sus políticas de acción.
Quienes saben del tema, no dejan de recalcar y exteriorizar en sus tratados teóricos que el deseo y la necesidad de jugar es tan natural y espontáneo en los niños, que en situaciones difíciles y límites existen relatos de niños jugando, sin importar dónde, cómo, a qué, con qué y con quién. Lo trascendente en ese momento es la entretención, la diversión, el placer y el goce a la que acceden voluntariamente, buscando incansablemente la repetición. Nunca se les acaba las ganas de jugar.
Con certeza podríamos afirmar que todos hemos jugado de chicos, con juegos inventados por nosotros, aprendidos en las calles, heredados de nuestras familias. Cada grupo, cada cultura tiene su manera de jugar, hay juegos que perduran generaciones, las que se hereda de los antepasados y hay otros que se innovan e incorporan conforme a los cambios sociales.
El juego sin la menor duda, es una acción de vital importancia para el desarrollo de niños y niñas. Se expresan, se relacionan, alivian tensiones, superan desafíos, aprenden y crecen jugando. Jugar además es una forma de desplegar pensamiento. El Plan Nacional de Seguridad Alimentaria del Ministerio de Desarrollo Social, en su cuaderno dedicado al juego afirma. «El juego enriquece el pensamiento, los chicos aprenden a pensar y resolver problemas: ensayan, descubren, comparan, seleccionan. Desde que empiezan hacer sus construcciones, comprenden que hay un modo más preciso y delicado de mover las piezas y lograr la meta propuesta. Se concentran, se conectan, deciden, eligen: están aguzando inteligencia».
Recordar el placer que se siente al jugar, debe a los «adultos» motivar a valorar la significación del juego, acción inherente a la vida misma, en los más chicos. Jugar es cosa seria para ellos, desde ese punto de vista se deben adoptar acciones que faciliten y promuevan espacios para el juego.
Desde la primer etapa de la infancia, desde antes de poder jugar ellos solos, los adultos deben jugar con los chicos mediante caricias, gestos, canciones, miradas, mostrando objetos, y en la medida que van creciendo y sus necesidades de jugar se van modificando, hay que otorgarles un lugar, su lugar en cualquier lugar de la casa, respetarlo, aunque las exigencias de todos los días son muchas, hay que involucrarse en esa actividad, aconsejan los que saben.
¿Pero qué sucede más allá de las cuatro paredes del hogar?
Los espacios de recreación y esparcimiento se van reduciendo. Las veredas contiguas a las casas ya no son seguras, ese conglomerado de chicos que suele caracterizar a los barrios son cada vez menos existentes, «los potreros» se privatizaron, los paseos en bicicletas se tornan peligrosos, las plazas siempre las mismas en cantidad y calidad. Los que se encuentran en la zona sur cuentan con menos posibilidades.
Aquellos episodios lamentables ocurridos en algunas plazas no sirven de experiencia.
Las pequeñas plazas de los Monoblock de Lugano 1 y 2, Soldati, Mataderos, los que rodean del Parque Indoamericano, Liniers y las aledañas a la Gral. Paz, se encuentran en deplorables condiciones, en medio de charcos de agua, barro, piedras, con toboganes, hamacas y sube y bajas en desuso o pasados de óxido, hay que buscar y buscar para encontrar uno en condiciones.
Más al norte de la Av. Rivadavia se empiezan a vislumbrar esas plazas bien cuidadas, pero enrejadas.
En barrios pobres y Villas la situación es más acuciante, justamente don de el número de chicos es mayor, los espacios de recreación son totalmente inexistentes, en algunos casos ni siquiera existen veredas para transitar.
Como jugar es tan natural y espontáneo que no mide consecuencias, se los ve en medio de lodasales, basurales, en las calles y donde pueden. Adentro de las casa tampoco pueden estar, es por demás conocido el hacinamiento que se sufre en esos lugares, una buena parte vive en piezas pequeñas sin patio, todo esta ahí el dormitorio, el comedor y la cocina.
Es cierto que los niños desarrollan sus iniciativas o inventan situaciones de juego en cualquier circunstancia y lugar, pero una sociedad que no otorga un espacio para que los niños puedan jugar, indirecta-mente empuja a esos niños ya crecidos a buscar otro tipo de diversiones.
Urge ampliar y condicionar los espacios de esparcimiento y recreación de la Ciudad, todos los partidos políticos de la ciudad coincidieron en este punto.
Pero ¿Se habrá tomado en cuenta estos barrios? O se seguirá reproduciendo una ciudad bicéfala, en una parte bonita donde circulan y parece preparada para turistas extranjeros y en la otra parece pagarse el castigo de haber nacido en el sur de la ciudad.
Hay lugares en la «reina del plata» donde los chicos una vez que vuelven del colegio están condenados a ver televisión como máxima diversión.
Algo de eso pasa en Charrúa, donde existía un centro cultural, donde los niños y jóvenes podían encontrarse y desarrollar actividades, en el espacio donde hasta las 17 hs funcionaba una escuela. Hoy esa escuela «blindada» parece ser un sitio inexpugnable y donde se aplican las medidas de seguridad, para proteger lo material del establecimiento, importándole muy poco que le pasa a la comunidad a la que tienen que servir.
El precio de ser pobre algunas veces se paga en el estómago, pero antes pasa por la cabeza.
AME