«La gente que nos hablaba de capitalización, que nos diga ahora dónde están los frutos de ese proceso. Nunca hubo capitalización sino descapitalización al pueblo boliviano y nuestras empresas, y por eso ahora iniciamos la nacionalización de Enfe». Con estas palabras el presidente de Bolivia, Evo Morales, el pasado 15 de julio, hizo público su deseo de nacionalizar la Empresa Nacional de Ferrocarriles (Enfe), parcialmente privatizada en 1996 por Sánchez de Lozada. El lugar escogido para su discurso fue la ciudad de Guaqui que bordea el lago Titicaca.
De ENFE surgieron la Empresa Oriental y la Empresa Andina de Ferrocarriles. Según analistas bolivianos, la fórmula que el gobierno planea es retomar una parte de las acciones de las empresa que actualmente están en manos de las AFJP (cerca del 40% de la propiedad y están en fideicomiso para el pago del Bonosol).
La declaración de Morales no arrojó ninguna pista sobre cómo se realizaría la transacción. El modelo boliviano de privatización planteó el traspaso de más de la mitad de las acciones de empresas estratégicas del Estado a transnacionales a cambio de promesas de inversión. En el caso de la extinta ENFE, la situación es más compleja, ya que Bolivia cuenta con dos ramales inconexos, uno en la zona andina y otro en la oriental.
Ferrocarril Andino se quedó con el grupo chileno Luksic, que controla el 50,4 por ciento de las acciones, mientras que Ferroviaria Oriental es propiedad de Trenes Continentales, un consorcio internacional que reparte su 50 por ciento de acciones entre la estadounidense Fondos de Inversiones de las Américas, Genesse & Wyoming, International Finance Corporation y la argentina Ferrocarriles General Belgrano S.A.