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Educando al soberano |
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El calor se escapa de la ciudad, el asfalto no devuelve esa energía luminosa que regala el sol todos los días, aunque no lo veamos. El ordenado desfile de carnaval de los fines de semana, ya son solo recuerdos, ahora el olor a cuaderno nuevo, los horarios de los mas chicos, obligan a adaptarnos al inicio del año lectivo. "El templo del saber", donde algunos chicos se instruyen, y otros son depositados por sus padres para completar su dieta alimentaria, ya no inspira el respeto que antes tenía. El país ya no es el mismo, el mundo ya no es el mismo, las necesidades son otras. Algunos chicos van con sus guardapolvos blancos, otros con uniformes privados. Pero en líneas generales la instrucción que reciben durante casi 15 años, mermó en calidad y no es suficiente para enfrentar la vida en las grandes urbes. Es que la educación, la verdadera, con la que van los chicos a las escuelas, es la que llevan de sus casas, la que los padres transmiten a sus hijos acorde a la cultura de la que son parte. Aunque se quiera imponer una forma de actuar ante la vida, y cada vez sean menos las culturas que sobreviven a la uniformidad globalizadora, en nuestros países tenemos esa riqueza de la diversidad. Evidentemente ese conocimiento no lo tuvo el patovica que asestó los golpes mortales a otro joven que vino a Buenos Aires para tener una vida mejor .Tanto en Bolivia, como en Argentina, las legislaciones de ambos estados admiten la existencia de otras culturas, y se reconocen "pluriétnicas y multiculturales". Esto en el papel queda muy lindo, pero mas allá de que esas palabras la usen los académicos y funcionarios, la mayoría no reconoce el alcance de esas palabras, y todavía en la sociedad impera una visión heredada por un estado con otros objetivos. Como pasa con muchos derechos en esta sociedad, solo pueden usarse si están en condiciones económicas de hacerlo. Los patovicas que actuaron en la bailanta de Once, eran movidos por sus ideas que tenían sobre los bolivianos, con odio por lo diferente, haciendo justicia en su fuero interno. No son monstruos, son un exponente de la sociedad, un producto. El estado puede actuar ante ese tipo de situaciones, pero no alcanza con sus acciones, la sociedad toda tiene que hacerse cargo para acortar los plazos. Esta enfermedad social que es la xenofobia y el racismo, no ocurre solo acá, cruza una parte importante de la historia civilizatoria, y por ende es una problemática mundial. Es mundial porque la civilización hegemónica es intolerante, fundamentalista irrespetuosa y violenta, a su manera. Eso si, ya no guarda las formas que pregonaba antes. La civilización occidental al ubicarse como la gran maravilla de la humanidad, el estadío más desarrollado en la escala mundial, condena a la inferioridad a las demás sociedades. Es común que cualquier otra forma de organización social sea vista como pre histórica, o que todavía no alcanzó el grado de civilización necesario para vivir. Es común horrorizarse cuando se afirma livianamente que tal o cual cultura realizaba sacrificios humanos, como si los que mueren de hambre hoy no son "sacrificados" para que algunos "civilizados" vivan en la opulencia Esa visión impera en muchas esferas de estados, organizaciones internacionales y los medios de comunicación a escala planetaria. El incidente por las caricaturas de Mahoma y lo que pasa hoy en Oriente Medio da cuenta del estado de este mundo. Donde nos quieren señalar el único camino a la felicidad, y los deberes que tenemos que realizar para alcanzarla. Para cambiar estas condiciones de vida, será necesario que las sociedades tomen el protagonismo y marquen un cambio en los estados, tal cual hoy los tenemos diseñados. Esperar que los estados brinden las soluciones, no es recomendable.
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